sábado, 4 de septiembre de 2010

COMER CHINO

"Comer chino" era la clave empleada por William y Manuel Read, Freddy Agüero, el Gordo Oviedo y quien escribe para confabularnos desde el Mesón de Bari los domingos -hace ya tres décadas- y enrumbar hacia la Duarte al mediodía a deleitarnos con los platos de una de las culinarias más antiguas. Los restaurantes y clubes chinos se situaban en las cuadras de Villa Francisca formadas por la Mella, Benito, México, Ravelo y Caracas. "El Cantón", comedor de un club de la colonia nucleado por la familia NG y situado en la segunda de un edificio de tres plantas, casi frente al Max, era el destino más frecuente. Un centro recreativo muy animado con los miembros más viejos de esta comunidad oriental embebidos en el juego y en el culto sano de sus tradiciones. Su culinaria digna, sin pretensiones, ofrecía los platos de la cocina cantonesa, destacándose su pato pequinés, las costillitas de cerdo ahumadas, arroz frito, sopa wanton, de aleta de tiburón, egg rolls, carnes de res y pollo al puerro y jengibre, en salsas de soya, agridulce o de frijoles negros, sopas de pescado o de maíz con huevo, camarones empanizados agridulces o al curry, pescado al vapor.

Las famosas formulaciones de chop suey y chow mein: de cerdo, res, pollo, camarones o mixto. Como en la Mella había operado el Partido Nacionalista Chino, William bautizó este club el Kuomintang. Otros establecimientos, cuadras arriba, repetían prácticamente el menú. Un cierre de estas incursiones en los 80 era el restaurante-hotel Princesa, frente a Sederías California. Allí se confeccionaban exquisitos pasteles de ciruela, limón y crema, que coronaban la jornada como postre. En la década del 70, cuando dirigía el Departamento de Sociología de la UASD, acudía a este recinto junto a mi hermano lasallista Miguel Cocco y al colega Walter Cordero, a disfrutar de suculentas porciones de arroz con pollo, jugoso, revestido de abundante petit pois y tiras de ajíes morrones. Un pan de molde oloroso y dorado que despachaban en el área de repostería, era otro motivo para visitarlo para abastecerse de sus barras y varios cilindros de pay de ciruelas pasa. Mi madre Fefita degustaba estas exquisiteces.

Mis experiencias con la comida china vienen de más atrás, de los 50. Sancarleño como soy, bajar al Parque Independencia por la 16 de Agosto o la 30 de Marzo era una ruta frecuente, imprescindible. Como decían los mayores "era bajar a la ciudad", para jugar en los puentes de su demolida glorieta, corretear, penetrar a El Conde y admirar sus tiendas coquetas, jugueterías como La Margarita e ir a sus salas de cine. Para llegar al Malecón y ver el mar, alcanzar el Parque Infantil Ramfis. En el entorno del Baluarte, los restaurantes Meng y Mario eran lo máximo. Del primero, más abierto hacia la calle y con reservados, retengo sus sabrosos y crocantes chicharrones de pollo, salidos del laboratorio culinario de Felipe Chez, el hacendoso y creativo hermano de Meng, padre de mi querido historiador José Chez Checo. Su arroz con pollo, insuperable, fue el motivo oculto de esa obsesión que me condujo en peregrinación a El Princesa y luego al Londres de la San Martín.

Con mis primos Federiquito Polanco y Miguel Ángel Velázquez, junto a los hermanos Ricart Heredia, preparábamos el ataque. Lo primero, conseguir dinero. Luego, Meng nos brindaba sus platos y algo más: un sándwich de ensaladilla de pollo que sólo encontré luego en el Panamericano de El Conde, donde se le daba un toque de aceite de oliva. Los famosos pay de ciruela y limón. Y un helado de ciruela cremoso, con trozos pastosos de esa fruta seca atacando el paladar en boca, reiterando su dominio sobre el ingrediente lácteo. En los reservados, los mayores fraguaban sus tragos y amoríos. En el costado Norte frente al parque, el Mario había plantado su reputación de buena cocina. De un primo de los hermanos Chez, sus egg rolls, chop suey en todas las denominaciones (presentado en vajilla metálica plateada con tapa para conservar el calor), chow mein, lo mein (los apetitosos noodles chinos al huevo servidos en combinaciones de carnes y salsas), sopa de domplines, camarones y pescados. Y esos panecillos calentitos que derretían la mantequilla. Tenía un menú internacional, que incluía filetes, entre ellos mi preferido London Broil, asopado de camarones, chuletas, ensalada rusa, y el plato azul, un combinado. Así como atractivos caribeños como el carite. Cada opción era un número, facilitando la orden.

El tío Arístides Álvarez Sánchez -secretario de la Liga de Béisbol y presidente del Tribunal Superior de Tierra- mantenía una mesa muy concurrida en uno de sus salones, en la que compartía con sus amigos. En los 70 y hasta que se demolió el edificio que lo alojaba para despejar las murallas de la ciudad colonial, yo lo frecuentaba los domingos con mi familia y amigos -entre ellos Tonito Abreu y Juan Ducoudray. Mis hijos se criaron paladeando su menú. Otro destacable de la culinaria oriental de la capital era El Dragón, ubicado en el edificio Buenaventura, Independencia esquina Doctor. Delgado, próximo a donde Freddy Beras Goico tuvo La Oficina. Cómodo, acogedor, con un aire acondicionado que congelaba, fue centro de la juventud revolucionaria que copó en los 60 ese complejo de apartamentos (Milagros Ortiz Bosch y Joaquín Basanta, Hugo Tolentino, Jottin Cury, Miñín Soto, María Elena Muñoz y Pichy Mella, nieto de Ventura Peña, criado en La Trinitaria frente a mi abuela).

Puntos de encuentro eran el Roxy y el Panamericano, también operaciones chinas en la súper politizada calle El Conde, donde el commander Efraín Castillo ejercía sus plenos poderes. Allí mucha cerveza, ron en serrucho con cola y limón, chicharrón de pollo y tostoncitos con excesiva sal, papas fritas con cátchup, en tanda sabatina meridiana. En Santiago el Pez Dorado de don Miguel Sang, patriarca de la talentosa dinastía Sang Ben que tiene en Mukien una de sus mayores cifras, ha sido mi opción favorita desde que acompañaba a Jimenes Grullón en sus recorridos por el Cibao. Sólo he resentido su oscuridad interior, hiriente la luz solar al salir. En San Pedro de Macorís el Apolo era punto obligado cuando lo visitaba con Rafael Kasse Acta y Guillermo Vallenilla. En la San Martín figuraban el Garden, el Washington, y con entrada por la Kennedy el Peso de Oro, hotel restaurante, así como el ya referido Londres, que sigue funcionando con facilidades confortables. En la Tiradentes el Maxim's, con discretos reservados, donde acudía con mi admirado profesor de canto y latín Luis Frías Sandoval a mediados de los 60. En el Malecón, el Mandarín, amplio y bien servido.

En las últimas décadas otros locales de gastronomía china se abrieron. La Gran Muralla, en la 27, fue una oferta meritoria. El Chino Lee -preferido de Bernardo Vega- en la Rómulo Betancourt hizo su aporte. El Jardín de Jade, en el hotel Embajador, fue sencillamente espectacular, en calidad culinaria y confort. El Castillo de Jade, en la José María Heredia, próximo al Malecón, fue un destino frecuente de tres camaradas bancentralianos que gustaban del pato pequinés, como lo fuera el Chino de Mariscos de la Sarasota para paladear el salutífero pescado al vapor bañado en hierbas, acompañado de batata china, una verdura delicada con toque de sesame oil. En ese lugar, los domingos a las 11:00 am, Aníbal de Castro y Diosa, José del Castillo y Sonia, compartían el dim sum, una amplia gama de platillos frescos servidos en cantinitas. Domplines al vapor rellenos de cerdo, triangulitos de camarón y brote de bambú, bolitas de cerdo con camarones, patitas de pollo picante, pudín de nabo con cangrejo, panecillos embuchados con cerdo dulce, huevitos de codorniz, empanadillas de ajonjolí, pasta de arroz rellena con salsa de ostra. Una comida digestiva y variada, familiar, que repetimos, aquí y en Chinatown de Nueva York. Y que yo reiteré en el barrio chino de San Francisco y Los Ángeles.

En Pittsburgh, durante 6 meses en el 90, acudía semanal con José Moreno y Vennie, y Sonia cuando visitaba, a un fabuloso local que servía comida china en ambiente de primera, en cantidades y calidades nunca vistas. Al final una cuenta parca y una decena de contenedores de cartón para cargar el saldo. Con Manolito García Arévalo y Francis Pou, Luis Heredia Bonetti, Carlos Morales, Georgie Arzeno Brugal, Frank Moya, Roberto Saladín, Ellis Pérez, Jacqueline Malagón y el muy querido Eduardo Latorre, incursionamos en los mejores centros de la gastronomía china newyorkina y washingtoniana durante los programas de la Semana Dominicana en EE.UU. Con Frank Moya, de hábitos vegetarianos, aprovechamos los económicos deliverys de 24 horas que operan en Times Square.

A final de los 80, lo que es hoy nuestro Chinatown, se pobló de restaurantes, reposterías, joyerías y tradings. Surgió el Buen Provecho de Samuel, una fonda popular preferida de Sonia y el Gordo, en la México. Dragon House, sobre la Duarte, brindó atmósfera formal, con menú chino que incluía platos de la culinaria Schezuan (más picante que la cantonesa) como el Pollo Kung Pao con semilla de cajuil, vegetales con variedad de hongos, así como un menú japonés, cuando todavía no se habían difundido los sushi bar y sólo el Samurai representaba al Imperio. El Pabellón Chino en la avenida San Vicente marcó una época de sobriedad y buena atención, al grado que familias del lado occidental del Ozama emigraban los domingos a almorzar en la zona oriental. Apareció el Asadero de la Benito, con sus costillitas, pato pequinés, pollo y carnitas. Delicias campestres amplió la gama con preparados dominicales para llevar. Ahora Rosa Ng, la Pochi dinámica de la Fundación Flor para Todos, abrió las puertas de su local gastronómico en la Duarte, al que hemos respaldado.

Junto a los tradings que nos ponen al alcance productos chinos de calidad, vale retener el restaurante Bella Cristal de la Roberto Pastoriza, el Wok de la Sarasota y para mí, la mejor cadena de comida rápida de este género: el Expreso Jade, particularmente el local de la Lincoln. Allí, cada vez que el apetito por "comer chino" me llama, en medio de esta vía siempre entaponada, hago un giro y caigo en su parqueo. En un tris tengo ante mis ojos unas lonjas de pollo de textura delicada, suave y agradable, salteadas en el wok al ajonjolí, puerro fresco y jengibre, con reluciente cebolla blanca, jugosa. A un precio módico. Salutífera -me descongestiona y me permite respirar a pleno pulmón-. Digestiva. Y para qué, entonces me pregunto, quiero más.



De JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO
http://diariolibre.com/noticias_det.php?id=259610

1 comentario:

María Victoria dijo...

Me tentó todo!!
la comida china siempre me gustó, pero debo admitir que algunas de las cosas que nombraste aquí las desconocía...
esta noche para la cena pido delivery seguro jeje quedé muy tentada :)